Carta de Su Santidad Juan Pablo II al Reverendo George V. Coine, SJ, director del Observatorio Vaticano.

Carta del papa Juan Pablo II

al director del Observatorio Vaticano,

el Reverendo P. George V. Coyne, S.J.

con motivo de la celebración del tricentenario de la publicación de los

Philosophiae Naturalis Principia Mathematica

de Isaac Newton

 

1998

 

  

“Gracia a vosotros y paz de parte de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo” (Ef. 1:2).

 

 

[Introducción: ocasión del documento]

[§1] Mientras se dispone a publicar los trabajos presentados en la Semana de Estudio celebrada en Castelgandolfo los días 21 a 26 de septiembre de 1987, aprovecho la ocasión para expresarle mi gratitud a usted, y por su medio a cuantos contribuyeron a esa gran iniciativa. Confío en que la publicación de estos trabajos asegurará el enriquecimiento ulterior de los frutos de ese esfuerzo.

 

[§2] El tricentenario de la publicación de los Principios Matemáticos de la Filosofía Natural de Newton nos ha brindado una ocasión propicia para que la Santa Sede patrocinase una Semana de Estudio que investigara las múltiples relaciones entre la teología, la filosofía y las ciencias naturales. El personaje al que se rinde honor, Sir Isaac Newton, dedicó también buena parte de su vida al estudio de estos problemas, y sus reflexiones sobre ellos pueden verse en sus grandes obras, en sus manuscritos inacabados y en su vasta correspondencia. La publicación de los trabajos de ustedes en la Semana de Estudio, que retoman algunas de las mismas cuestiones examinadas por este gran genio, me ofrece la oportunidad de agradecerles los esfuerzos que han dedicado a un asunto de tan capital importancia. El tema de su congreso, “Nuestro conocimiento de Dios y de la Naturaleza: Física, Filosofía y Teología”, es con toda seguridad un tema crucial para el mundo contemporáneo. Debido a su relevancia, quisiera tratar algunas cuestiones que las relaciones entre las ciencias naturales, la filosofía y la teología plantean a la Iglesia y a la sociedad humana en general.

 

[M2 §3] La Iglesia y la Academia se comprometen mutuamente como dos instituciones muy distintas pero ambas importantes dentro de la civilización humana y la cultura mundial. Tenemos ante Dios responsabilidades enormes para con la condición humana, ya que históricamente hemos ejercido y continuamos ejerciendo un influjo transcendental en el desarrollo de ideas y valores y en el curso de la actividad humana. Ambas poseemos historias que se extienden miles de años hacia atrás: la erudita comunidad académica, que se remonta a los orígenes de la cultura, a la ciudad, la biblioteca y la escuela; y la Iglesia con sus raíces históricas en el antiguo Israel. A menudo hemos entrado en contacto durante estos siglos, apoyándonos mutuamente en algunas ocasiones, y, en otras, enzarzándonos en conflictos innecesarios que han enturbiado nuestras historias. En su congreso nos hemos encontrado de nuevo; y ha sido bien oportuno que, al acercarnos al final del milenio, hayamos iniciado una serie de reflexiones en común acerca del mundo, tal como lo palpamos y tal como modela y cuestiona nuestras acciones.

 

[§4] Gran parte de nuestro mundo parece estar fragmentado, en piezas inconexas. Gran parte de la vida humana ha transcurrido en aislamiento u hostilidad. La división entre naciones ricas y naciones pobres continúa creciendo; el contraste entre las regiones del norte y del sur de nuestro planeta se hace cada vez más marcado e intolerable. El antagonismo entre razas y religiones escinde a los países en bandos en pugna; las animosidades de carácter histórico no dan signos de apaciguamiento. Aun dentro de la comunidad académica persiste la separación entre verdad y valores; y el aislamiento de sus diversas culturas –científica, humanística y religiosa– hace difícil, cuando no imposible, el discurso común.

[M3 §5] Pero al mismo tiempo observamos, en amplios sectores de la comunidad humana, una creciente apertura crítica hacia gente de culturas y procedencias diferentes y de diferentes aptitudes y puntos de vista. Cada vez con más frecuencia la gente busca aproximación intelectual y colaboración, y descubre valores y experiencias que tienen en común, incluso dentro de su diversidad. Esta apertura, este intercambio dinámico, es una característica notable de las mismas comunidades científicas internacionales, y se basa en intereses, objetivos y empresas comunes, junto con una profunda conciencia de que las concepciones y logros de uno con frecuencia son esenciales para el progreso del otro. De un modo parecido pero más sutil ha sucedido esto y continúa sucediendo entre grupos más diversos –entre las comunidades que constituyen la Iglesia, e incluso entre la comunidad científica y la propia Iglesia–. Esta tendencia es esencialmente un movimiento hacia un tipo de unión que se resiste a la homogeneización y ansía la diversidad. Tal comunidad está regulada por un propósito común, y por una comprensión mutua que provoca un sentido de participación conjunta. Dos grupos, que quizá parecían no tener inicialmente nada en común, pueden empezar a establecer relaciones entre ellos al descubrir un objetivo que les une, y esto a su vez puede llevarles a campos más amplios de comprensión e interés mutuos.

 

[§6] La Iglesia está participando en el movimiento por la unión de todos los cristianos como no lo hiciera nunca en su historia, promoviendo estudios, oración, y discusiones en común, para que “todos sean uno” (Jn 17:21). Se ha esforzado por liberarse de todo vestigio de antisemitismo, y por resaltar sus orígenes dentro del judaísmo y su deuda religiosa para con él. Se ha acercado a las grandes religiones del mundo con reflexión y oración, reconociendo los valores que todos tenemos en común, y nuestra confianza en Dios absoluta y universal.

 

[M4 §7] Dentro de la misma Iglesia hay una sensación creciente de “iglesia mundial”, bien evidente en el último Concilio Ecuménico, en el que obispos nativos de todos los continentes –ya no predominantemente de origen europeo ni aun occidental– asumieron por primera vez su responsabilidad común para con toda la Iglesia. Los documentos surgidos de ese Concilio y los del magisterio han reflejado esta nueva concienciación mundial, tanto en su contenido como en su intento de dirigirse a toda la gente de buena voluntad. Durante este siglo, hemos sido testigos de un dinamismo de reconciliación y unidad que ha tomado muchas formas dentro de la Iglesia.

 

[§8] Y no debería sorprendernos tal desarrollo. Al avanzar con tanto énfasis en esta dirección, la comunidad cristiana está realizando con mayor intensidad la actividad de Cristo en ella: “porque en Cristo estaba Dios, reconciliando al mundo consigo” (2 Cor 5:19). Nosotros mismos estamos llamados a proseguir esta reconciliación de los seres humanos, unos con otros y todos con Dios. Nuestra misma naturaleza como Iglesia implica este compromiso por la unidad.

 

[I. Condiciones del diálogo: autonomía y apertura]

[§9] Volviendo a la relación entre religión y ciencia, se ha producido un movimiento claro, aunque todavía frágil y provisional, hacia un intercambio entre ambas, nuevo y más matizado. Hemos entablado el diálogo entre ellas a niveles más profundos que antes, y con mayor apertura hacia los puntos de vista de una y otra; hemos comenzado a buscar juntos una comprensión más completa de las disciplinas de una y otra –con sus competencias y limitaciones–, y en especial de las áreas que ambas tienen en común. Al hacer esto, hemos puesto al descubierto cuestiones importantes que nos atañen a ambas partes, y que son vitales para la gran comunidad humana a la que ambas partes servimos. [M5] Es crucial que esta búsqueda en común, basada en apertura e intercambio críticos, no sólo continúe sino que crezca y ahonde en calidad y en alcance.

 

[§10] Pues es imposible sobrestimar el impacto que cada una de ellas, religión y ciencia, ejerce y continuará ejerciendo sobre el curso de la civilización y sobre el mundo mismo, y es mucho lo que cada una de ellas puede ofrecer a la otra. Existe, por supuesto, la perspectiva de la unidad de todas las cosas y personas en Cristo, que actúa y está presente en nuestra vida cotidiana –en nuestras luchas, sufrimientos y alegrías, en nuestras búsquedas–, y que es el foco de la vida y el testimonio eclesiales. Esta perspectiva transmite a la gran comunidad un respeto profundo por cuanto es, una esperanza y seguridad de que la bondad, belleza y vida frágiles que percibimos en el universo están dirigiéndose hacia una plenitud y una consumación, que las fuerzas de disolución y muerte no anegarán jamás. Esta perspectiva proporciona también apoyo sólido a los valores que están surgiendo de nuestro conocimiento y aprecio por la creación, y de nosotros mismos como productos, conocedores y administradores de la creación.

 

[§11] También las disciplinas científicas, como es obvio, nos están aportando una comprensión de nuestro universo en su totalidad, y de la increíble variedad y riqueza de procesos y estructuras complejamente relacionados, que constituyen sus componentes animados e inanimados. Este conocimiento nos ha facilitado una mayor comprensión de nosotros mismos y de nuestro papel humilde, pero único, dentro de la creación. A través de la tecnología nos ha otorgado también la capacidad de viajar, comunicarnos, construir, curar e investigar de formas que habrían sido casi inimaginables para nuestros antepasados. Tal conocimiento y poder, según hemos descubierto, pueden utilizarse con gran eficacia para elevar y mejorar nuestras vidas, o bien pueden explotarse para rebajar y destruir la vida humana y su entorno, incluso a escala global.

 

[M6 §12] La unidad que, apoyándonos en nuestra fe en Jesucristo como Señor del universo, percibimos en la creación, y la correlativa unidad por la que nos afanamos en nuestras comunidades humanas, parecen reflejarse y aun reforzarse en lo que nos está revelando la ciencia contemporánea. Al contemplar el increíble desarrollo de la investigación científica, detectamos una tendencia básica a descubrir niveles de leyes y procesos que unifican la realidad creada y que, a su vez, han originado la gran diversidad de estructuras y organismos que constitu­yen el mundo físico y el biológico, e incluso el psicológico y el sociológico.

 

[§13] La física contemporánea constituye un notable ejemplo. La búsqueda de la unificación de las cuatro fuerzas físicas fundamentales –gravitación, electro­magnetismo, e interacciones nucleares fuerte y débil– ha experimentado un éxito creciente. Esta unificación podría perfectamente fusionar los descubrimientos de los campos subatómico y cosmológico, y aclarar tanto el origen del universo como, eventualmente, el origen de las leyes y constantes físicas que gobiernan su evolución. Los físicos poseen un conocimiento detallado, aunque incompleto y provisional, de las partículas elementales y de las fuerzas básicas a través de las cuales interaccionan a niveles energéticos bajos e intermedios. Actualmente tienen una teoría aceptable que unifica las fuerzas electromagnéticas y las nucleares débiles, junto con teorías de campos de gran unificación, mucho menos adecuadas pero aún prometedoras, que intentan incorporar también la interacción nuclear fuerte. Avanzando en la línea de este mismo desarrollo, hay ya varias sugerencias detalladas para la etapa final, la de la superunificación, es decir, la unificación de las cuatro fuerzas fundamentales, incluyendo la gravitatoria. ¿Acaso no es importante para nosotros caer en la cuenta de que, en un mundo de especialización tan detallada como el de la física contemporánea, existe este movimiento hacia la convergencia?

 

[M7 §14] En las ciencias de la vida también ha sucedido algo similar. Los biólogos moleculares han investigado la estructura de la materia viva, sus funciones y sus procesos de replicación. Han descubierto que los mismos constituyentes básicos intervienen en la composición de todos los organismos vivientes en la tierra y constituyen tanto los genes como las proteínas que estos genes codifican. Ésta es otra impresionante manifestación de la unidad de la naturaleza.

 

[§15] Al estimular la apertura entre la Iglesia y la comunidad científica, no estamos imaginando una unidad disciplinar entre teología y ciencia como la que existe dentro de un campo científico dado, o dentro de la misma teología. Mientras continúe el diálogo y la búsqueda en común, se avanzará hacia un entendimiento mutuo y un descubrimiento gradual de intereses comunes, que sentarán las bases para ulteriores investigaciones y discusiones. Qué forma adoptará esto exactamente, lo hemos de dejar al futuro. Lo importante es, como ya hemos recalcado, que el diálogo continúe y crezca en profundidad y alcance. En este proceso debemos superar toda tendencia regresiva a un reduccionismo unilateral, al miedo y al aislamiento autoim­puesto. Lo críticamente importante es, que cada disciplina continúe enriqueciendo, fortaleciendo y desafiando la otra, para que sea más plenamente lo que le toca ser, y para que contribuya a que veamos quiénes somos y en qué estamos convirtiéndonos.

 

[§16] Podríamos preguntar si estamos o no preparados para este empeño crucial. ¿Está preparada la comunidad de religiones del mundo, incluida la Iglesia, para entablar un diálogo más a fondo con la comunidad científica, un diálogo en que se mantenga la integridad tanto de la religión como de la ciencia, y se fomente el avance de ambas? ¿Está preparada la comunidad científica para abrirse al cristianis­mo, e incluso a todas las grandes religiones del mundo que colaboran con nosotros para construir una cultura más humana y de ese modo más divina? ¿Nos atrevemos a arriesgar la honestidad y el coraje que exige esta tarea? Nos hemos de preguntar, si ambas, ciencia y religión, contribuirán a la integración de la cultura humana, o si lo harán a su fragmentación. Es una elección única, que nos atañe a todos.

 

[§17] Porque ya no cabe una simple posición neutral. Si van a crecer y alcanzar su mayoría de edad, las gentes no pueden continuar viviendo en compartimentos estancos, persiguiendo intereses totalmente divergentes desde los que evalúan y juzgan a su mundo. Una comunidad dividida fomenta una visión fragmentada del mundo, mientras que una comunidad de intercambio anima a sus miembros a ensanchar sus perspectivas parciales y formar una nueva visión unificada.

[18] Mas la unidad que pretendemos, como ya hemos subrayado, no es identidad. La Iglesia no propone que la ciencia se convierta en religión, o viceversa. La unidad, por el contrario, presupone siempre la diversidad y la integridad de sus componentes. Cada uno de estos miembros debería hacerse, no cada vez menos él mismo, sino más él mismo, en un intercambio dinámico; porque una unidad en la que uno de los elementos se reduce al otro es destructiva, falsa en sus promesas de armonía, y amenazadora para la integridad de sus componentes. Estamos llamados a hacernos uno. No a convertirnos cada uno en el otro.

 

[§19] Para ser más específico, tanto la religión como la ciencia deben preservar su autonomía y su peculiaridad. La religión no está basada en la ciencia, ni la ciencia es una extensión de la religión.     Cada una debe poseer sus propios [M9] principios, sus modos de proceder, sus diversidades interpretativas y sus propias conclusiones. El cristianismo posee su fuente de justificación dentro de sí mismo, y no espera que la ciencia constituya su principal apologética. La ciencia debe atestiguar su propia valía. Mientras cada una puede y debe apoyar a la otra como dimensiones distintas de una cultura humana común, ninguna debe suponer que constituye una premisa necesaria para la otra. La oportunidad sin precedentes que tenemos hoy es la de lograr una relación interactiva común, en la que cada disciplina conserve su integridad y, sin embargo, esté radicalmente abierta a los descubrimientos y concepciones de la otra.

 

[Promesas del diálogo: enriquecimiento mutuo]

[§20] Pero ¿por qué es un valor para ambas la apertura crítica y el intercambio mutuo? La unidad implica el esfuerzo de la mente humana por llegar a comprender y el anhelo del espíritu humano por amar. Cuando los seres humanos intentan comprender la multiplicidad que les rodea, cuando intentan dar sentido a su experiencia, lo hacen incluyendo muchos factores en una visión común. Se logra la comprensión cuando muchos datos son unificados por una estructura común. Una cosa ilumina muchas, da sentido a la totalidad. La simple multiplicidad es un caos; una concepción, un modelo único, puede estructurar ese caos y convertirlo en inteligible. Nos dirigimos hacia la unidad, en la medida en que nos dirigimos hacia un sentido en nuestras vidas. La unidad es también la consecuencia del amor. Si el amor es auténtico, no pretende asimilar al otro sino unirse con el otro. La comunidad humana se siente intranquila cuando esa unión no se ha alcanzado, y se llena de gozo cuando se unen los que estaban separados.

 

[§21] En los documentos más antiguos de la Iglesia, el realizar comunidad, en el sentido radical de esa palabra, era concebido como la promesa y el objetivo del [M10] evangelio: “Lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos, para que también vosotros estéis en comunión con nosotros; y nosotros estamos en comunión con el Padre y con su Hijo, Jesucristo. Y os escribimos esto para que nuestro gozo sea completo” (1 Jn 1:3-4). Más adelante, la Iglesia echó mano de las ciencias y las artes, al fundar grandes universidades y construir monumentos de insuperable belleza, de forma que todas las cosas fueran recapituladas en Cristo (Ef 1:10).

 

[§22] ¿A qué anima, entonces, la Iglesia con esta unidad relacional entre ciencia y religión? Ante todo y sobre todo, a que lleguen a comprenderse mutuamente. Durante demasiado tiempo se han mantenido alejadas. Se ha definido la teología como un esfuerzo de la fe por alcanzar comprensión, como fides quaerens intellectum. Como tal, debe estar hoy en intercambio vital con la ciencia, del mismo modo que lo ha estado siempre con la filosofía y otros saberes. La teología tendrá que recurrir a los descubrimientos de la ciencia en uno u otro grado, mientras siga siendo principal incumbencia suya: el ser humano, los logros de la libertad, las posibilidades de la comunidad cristiana, la naturaleza de la fe y la inteligibilidad de la naturaleza y de la historia. La vitalidad y trascendencia de la teología para la humanidad se reflejarán profundamente en su capacidad para incorporar estos descubrimientos.

 

[§23] Ahora viene una cuestión de delicada importancia, que hemos de matizar con cuidado. No es propio de la teología incorporar indiferentemente cada nueva teoría filosófica o científica. Sin embargo, cuando estos descubrimientos llegan a formar parte de la cultura intelectual de la época, los teólogos deben entenderlos y contrastar su valor en orden a extraer del pensamiento cristiano alguna de las posibilidades aún no realizadas. El hilemorfismo de la filosofía natural de Aristóteles, por ejemplo, fue adoptado por los teólogos medievales, para servirse de él en el examen de la naturaleza de los sacramentos y la unión hipostática. Esto no significaba que la Iglesia juzgara la verdad o falsedad de la [M11] concepción aristotélica, ya que eso no es incumbencia suya. Significaba que ésta era una de las grandes concepciones ofrecidas por la cultura griega, que necesitaba ser comprendida, tomada en serio y contrastada en cuanto a su valor para iluminar diversas áreas de la teología. Los teólogos podrían preguntarse hoy si, con respecto a la ciencia, la filosofía y otras áreas del conocimiento humano contemporáneas, han llevado ellos a cabo este proceso extraordinariamente difícil, con la perfección con que lo hicieron estos maestros medievales.

 

[§24] Si las cosmologías antiguas del Cercano Oriente pudieron purificarse e incorporarse a los primeros capítulos del Génesis, la cosmología contemporánea ¿podría tener algo que ofrecer a nuestras reflexiones sobre la creación? Una perspectiva evolucionista ¿arroja alguna luz aplicable a la antropología teológica, el significado de la persona humana como imago Dei, el problema de la Cristología –e incluso sobre el desarrollo de la doctrina misma–? ¿Cuáles son, si hay alguna, las implicaciones escatológicas de la cosmología contemporánea, atendiendo en especial al inmenso futuro de nuestro universo? ¿Puede el método teológico apropiarse con fruto concepciones de la metodología científica y de la filosofía de la ciencia?

 

[§25] Cuestiones de este género pueden sugerirse en abundancia. Proseguir su estudio requeriría el tipo de diálogo intenso con la ciencia contemporánea que, en general, ha faltado entre los dedicados a la investigación y enseñanza teológicas. Esto implicaría que al menos algunos teólogos fueran suficientemente versados en ciencias, para hacer un uso autentico y creativo de [M12] los recursos que las teorías mejor establecidas pudieran proporcionarles. Tal pericia les prevendría de usar, de forma no crítica y demasiado precipitada con propósitos apologéticos, teorías recientes como la del Big Bang en cosmología. E igualmente impediría que descartasen por completo la relevancia potencial de tales teorías en orden a profundizar la comprensión en áreas tradicionales de investigación teológica.

 

[§26] En este proceso de aprendizaje mutuo, podrían servir como recurso clave los miembros de la Iglesia que son científicos activos o bien, en casos especiales, los que son a la vez científicos y teólogos. Ellos pueden proporcionar además un ministerio sacerdotal muy necesario, para quienes luchan por integrar los mundos de la ciencia y de la religión en sus propias vidas intelectuales y espirituales, así como para los que se enfrentan con decisiones morales difíciles, en asuntos de investigación y aplicación tecnológica. Hay que formar y animar tales ministros-puente. Hace tiempo, la Iglesia reconoció la trascendencia de tales vinculaciones al establecer la Academia Pontificia de Ciencias, en la que algunos de los científicos más destacados del mundo se reúnen con regularidad para discutir juntos sus investigaciones y dar a conocer a la comunidad humana hacia dónde se dirigen los descubrimientos. Pero se necesita mucho más.

 

[§27] El asunto es urgente. Los avances contemporáneos de la ciencia constituyen un desafío a la teología mucho más profundo que el que constituyó la introducción de Aristóteles en la Europa Occidental del siglo XIII. Y estos avances ofrecen también recursos de potencial trascendencia para la teología. Del mismo modo que la filosofía aristotélica, por el ministerio de estudiosos de la magnitud de Santo Tomás de Aquino, acabó configurando algunas de las más profundas expresiones de la doctrina teológica, ¿acaso no podemos esperar que las ciencias de hoy, junto con todas las formas del conocimiento humano, puedan vigorizar e informar las partes de la empresa teológica que se relacionan con la naturaleza, la humanidad y Dios?

 

[M13 §28] ¿Puede también la ciencia beneficiarse de este intercambio? Parece que así debería ser. Pues la ciencia se desarrolla mejor cuando sus conceptos y conclusiones se integran en la gran cultura humana y en su interés por el sentido y el valor últimos. Por ello, los científicos no pueden mantenerse totalmente al margen de los tipos de cuestiones tratadas por filósofos y teólogos. Dedicando a estas cuestiones algo de la energía y el cuidado que prestan a su investigación científica, pueden ayudar a que otros realicen con mayor plenitud los potenciales humanos de sus descubrimientos. Pueden también llegar a apreciar, que estos descubrimientos no pueden ser un sustituto genuino del conocimiento de lo verdaderamente último. La ciencia puede liberar a la religión de error y superstición; la religión puede purificar la ciencia de idolatría y falsos absolutos. Cada una puede atraer a la otra hacia un mundo más amplio, un mundo en el que ambas pueden florecer.

 

[§29] Porque lo cierto es que la Iglesia y la comunidad científica interactuarán inevitablemente; entre sus opciones no está incluido el aislamiento. Los cristianos asimilarán inevitablemente las ideas predominantes sobre el mundo, las cuales están hoy profundamente configuradas por la ciencia. La cuestión es si lo harán crítica o irreflexivamente, con profundidad y precisión o con una superficialidad que envilece el evangelio y nos deja avergonzados ante la historia. Los científicos, como todos los seres humanos, tomarán decisiones sobre lo que da sentido y valor últimos a sus vidas y a su trabajo. Y lo harán bien o mal, con la profundidad reflexiva que la sabiduría teológica les pueda ayudar a alcanzar, o con una desconsiderada absolutización de sus resultados más allá de sus límites propios y razonables.

 

[§30] Tanto la Iglesia como la comunidad científica han de afrontar esas alternativas inevitables. Haremos nuestras elecciones mucho mejor si vivimos [M14] en una interacción colaboradora, en la que somos llamados continuamente a ser más. Sólo una relación dinámica entre teología y ciencia puede revelar los límites que mantienen la integridad de cada disciplina, de forma que la teología no se profese una pseudociencia y la ciencia no se convierta en una inconsciente teología. El conocimiento que desde cada una poseemos sobre la otra puede ayudarnos a ser más auténticamente nosotros mismos. Nadie puede leer la historia del siglo pasado y no darse cuenta de que la crisis nos acecha a ambas partes. En más de una ocasión las aplicaciones de la ciencia han demostrado ser masivamente destructivas, y con demasiada frecuencia las ideas de la religión han sido estériles. Nos necesitamos los de una a otra parte para ser lo que hemos de ser: lo que estamos llamados a ser.

 

[§31] Por tanto, con esta ocasión del tricentenario de Newton la Iglesia, hablando por mi ministerio, se invita a si misma e invita a la comunidad científica a intensificar las relaciones constructivas de intercambio a través de la unidad. Estáis llamados a aprender los unos de los otros, a renovar el contexto en el que se hace la ciencia y a nutrir la inculturación que requiere una teología viva. Cada una de ambas partes tenéis todo que ganar de esta interacción, y la comunidad humana a la que ambas servimos tiene derecho a exigírnoslo.

 

Sobre cuantos participaron en la Semana de Estudio patrocinada por la Santa Sede y sobre cuantos lean y estudien los trabajos aquí publicados, invoco sabiduría y paz en Nuestro Señor Jesucristo e imparto cordialmente mi bendición apostólica.

 

Desde el Vaticano, a 1 de junio de 1988

 

Original inglés en:

–R.J. Russell, W.R. Stoeger S.J. & G.V. Coyne S.J. (eds.), Physics, Philosophy, and Theology: A Common Quest for Understanding, Vatican Observatory, Vatican City State 1988, pp. M1-M14.

Acta Apostolicae Sedis 81 (1989), pp.274-283

 

Traducción de Manuel G. Doncel

 

 

We use cookies

Usamos cookies en nuestro sitio web. Algunas de ellas son esenciales para el funcionamiento del sitio, mientras que otras nos ayudan a mejorar el sitio web y también la experiencia del usuario (cookies de rastreo). Puedes decidir por ti mismo si quieres permitir el uso de las cookies. Ten en cuenta que si las rechazas, puede que no puedas usar todas las funcionalidades del sitio web.