Recensión Vol. 5 "Neurociencia, psicología y religión. Ilusiones, espejismos y realidades de la naturaleza humana"

JEEVES, M. - BROWN, W. S. Neurociencia, psicología y religión. Ilusiones, espejismos y realidades de la naturaleza humana. Verbo Divino, Estella 2010

Esta obra es la quinta de la colección «Teología y Ciencias» de Verbo Divino. Por primera vez en la colección, una obra se dedica a las neurociencias y sus implicaciones para la comprensión del ser humano y el diálogo con las creencias religiosas. Los autores son dos prestigiosos neuropsicólogos conocidos ambos por sus publicaciones en el ámbito de las relaciones entre las ciencias y la teología. No obstante, la obra que presentamos es un sencillo libro de divulgación, poco técnico en su terminología científica y, desde mi punto de vista, no excesivamente profundo en el análisis filosófico y teológico de las implicaciones de los últimos hallazgos neuropsicológicos.

Me parece que esta obrita tiene una utilidad, sobre todo, de información actualizada y sencillamente presentada de los diversos datos experimentales en el campo de las neurociencias, y de las teorías que tratan de dar cuenta de ellos. Pero, además, asemejándolo a las declaraciones dogmáticas de los concilios, se puede decir que tiene la función no tanto de articulación sistemática y acabada, cuanto de formulación de los límites, más acá de los cuales no se puede retroceder si queremos construir una antropología filosófica y teológica a la altura de los tiempos y del nivel de conocimiento científico. Es decir, los autores en esta obra no elaboran una antropología sistemática, sino que nos ofrecen pistas sobre cuáles de los «tradicionales» elementos de las antropologías teológicas y filosóficas no pueden seguir manteniéndose a la luz de la nueva neurociencia, y por tanto nos ayudan a avanzar una línea más para no volver a retroceder y cruzarla.

Vistas así las cosas, el libro deja de tener cierto punto de frustración para el que buscaba análisis más sistemáticos sobre el hombre, y en lugar de ello aparece la virtud de marcar los límites de retaguardia que deben ser superados en la antropología. Y el límite principal y del que derivan todos los otros es claramente el rechazo del dualismo metafísico clásico entre un cuerpo material (o cerebro) y un alma inmaterial (o mente) que se superpone y dirige a aquel. En lugar de ello, como otros autores, Jeeves y Brown defienden el monismo de aspecto dual o fisicalismo no reductivo. Con lo que se pretende poner de manifiesto la corporalidad del alma o la cerebrización de la mente, sin que ello suponga reducir la mente a neuronas y sinapsis (fisicalismo reductivista), ni tampoco crear dos substancias diferentes a la manera cartesiana (dualismo). En lugar de ello: «nuestros procesos, que dependen del cerebro, hacen posible la emergencia de la cualidad de la persona, así como igualmente la de toda esa riqueza de la sociedad humana y sus manifestaciones culturales que, a su vez, y por vía de un aprendizaje social que tiene lugar en el curso del desarrollo, ejercen su influencia en las redes cerebrales de conexiones funcionales» (p. 162).

Para llegar aquí, los autores comienzan en los tres primeros capítulos por aportar algunas reflexiones de carácter histórico sobre La neurociencia y la psicología en la actualidad (cap. 1), sobre el debate acerca de si hay Conflicto o colaboración entre las ciencias y la teología (cap. 2), y sobre la evolución Del alma a la mente: Breve historia (cap. 3). De todo ello, los autores extraen algunas enseñanzas epistemológicas y teóricas que nos ofrece la historia (pp. 56-58). El Capítulo 4 establece unos Principios de la función cerebral a través de un modelo de jerarquías anidadas de bucles de acción que se dan tanto en la estructura cerebral general, como en el córtex cerebral. Junto a ello, los autores se suman a aquellos neurocientíficos que se alejan bien de posturas excesivamente localistas de las funciones cerebrales (los nuevos frenólogos) bien de los también excesivamente holistas. En su lugar, Jeeves y Brown apuntan que «el procesamiento relacionado con cualquier capacidad cognitiva de rango superior no estaría por completo localizado en un módulo en particular, sino que aparecería extendido de forma irregular por la totalidad del córtex, siendo ciertos nodos de la red mucho más activos y más importantes para el procesamiento que otros» (p. 66). Por otro lado, la plasticidad autoorganizativa del cerebro también está influida y predispuesta por el programa genético, en una tensión dialéctica.

El Capítulo 5 trata de manera ya más concreta la cuestión de El nexo de unión entre mente y cerebro que, tras la exposición de varios experimentos de otros autores, permite concluir que «nuestra vida mental no puede separarse de la actividad física de nuestros cuerpos» (p. 88). También con la presentación de muchos experimentos (el libro está lleno de ellos, muy interesantes y sugerentes) el Capítulo 6 se mete de lleno en el análisis de El animal humano: la psicología evolutiva en el que se estudian en chimpancés y otros animales rasgos tradicionalmente humanos como el lenguaje, la existencia de una teoría de la mente, la inteligencia social y la conducta altruista. Jeeves y Brown opinan que «como resultado de todas las investigaciones relativas al poder de pensamiento del cerebro, se ha hecho difícil trazar una clara demarcación entre las capacidades mentales de los primates no humanos y los humanos propiamente dichos», y además «hablando a título personal, y desde nuestra tradición cristiana compartida, nosotros no encontramos que sea necesario negar la emergencia de elementos de conducta altruista y de autodonación en los primates no humanos para poder afirmar la realidad de aquello que se conoce como amor ágape» (p. 114 y 115).

El Capítulo 7, La neurociencia de lo religioso, se introduce ya en cuestiones más significativas para la teología y la filosofía, que para muchos creyentes más tradicionales supondrá hacer un esfuerzo de maduración de su fe para comprender las consecuencias de las neurociencias para la experiencia religiosa. Respecto a la teología, en la primera parte del capítulo, Jeeves y Brown concluyen, tras pasar revista a los últimos experimentos y hallazgos neurológicos, que «las experiencias religiosas van asociadas a cambios identificables en la distribución de la actividad cerebral y que los diferentes estados religiosos están asociados a diferentes pautas de actividad cerebral» (p. 124); aunque «respecto al cerebro físico, no hay, pues, por qué plantear la hipótesis de la existencia de ese denominado módulo de Dios. La realidad del caso sería más o menos así: el ataque sufrido en el lóbulo temporal activaría un complejo proceso dentro de una red neuronal local de función múltiple, que se encargaría, a su vez, de acoplar toda esa serie de señales insólitas dentro del esquema cerebral mayor de creencias previas y modos de comprensión» (p. 125). La segunda parte del capítulo, tiene consecuencias no sólo para la teología sino también para la filosofía moral y ética, al mostrarse que se «ha puesto en evidencia que la regulación moral de la conducta es un proceso con correlato físico [cerebral] [… Pero ello] no implica un proceso determinista que controle de hecho nuestras decisiones humanas» (p. 132).

El Capítulo 8 sobre Ciencia, religión y naturaleza humana es quizá el que tiene más contenido sistemático de las consecuencias de la neurociencia para la teología. En primer lugar, defienden aquí por primera vez su adscripción al monismo de aspecto dual o fisicalismo no reductivo, es decir, a un dualismo emergentista, junto a la defensa de una causación descendente del todo sobre las partes, y no solamente ascendente (pp. 138-147). En segundo lugar, los autores hacen una breve reflexión acerca de las continuidades y discontinuidades entre los animales y los humanos, tratando de defender la singularidad (uniqueness) del hombre, aún en continuidad con una evolución previa (pp. 147-151). En tercer lugar,  Jeeves y Brown tratan el posible contenido de la tradicional Imago Dei y lo que ello podría significar, y concluyen que «el consenso teológico es que la Imago Dei no puede radicarse de forma singular en la anatomía humana, los genes, la neurología, o la conducta. En su lugar, la imagen de Dios en la humanidad surge de una combinación de elementos estructurales, funcionales y relacionales» (p. 157); o dicho de forma más tajante: «la imagen de Dios en el hombre implica una relación y no una característica que hubiera dejado su impronta en un registro paleoantropológico» (p. 158).

Finalmente, el Capítulo 9, Buscando el camino: contemplando el pasado y mirando hacia el futuro, es una suerte de recapitulación de las grandes conclusiones que se pueden extraer de todo lo dicho. Así, pues, como apunté al principio, esta obra puede defraudar si en ella buscamos una antropología teológica sistemática que desarrolle las características propiamente humanas a la luz de la razón y de la fe, pero es iluminadora si la leemos como una marcación del límite posterior que la ciencia ya no nos permite traspasar de nuevo para nuestras teologías y filosofías.                                                                                                       

 

Jesús Romero Moñivas
Universidad Complutense de Madrid
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Publicado en:
Actualidad bibliográfica de filosofía y teología 94 (2010), pp. 171-173.