Recensión Vol. 3 "Aliento de vida. Una teología del Espíritu creador"

EDWARDS, D. Aliento de vida. Una teología del Espíritu creador, Verbo Divino, Estella 2008. 

Pocos libros llegan simultáneamente a la cabeza y al corazón como esta obra del teólogo australiano Denis Edwards. Sólo pediría al lector que no se conforme con leer esta reseña puramente «técnica», sino que lea, saboree y medite las bellas páginas que contiene este libro de un teólogo que, además de conocimiento, transmite alegría, esperanza, respeto, tolerancia, sencillez y humildad. El libro trata del Espíritu Santo como aliento de vida, y realmente sus páginas están escritas desde ese mismo aliento. Dicho esto, pasamos a reseñar más concretamente los temas fundamentales de esta obra que es la tercera de la Colección «Teología y Ciencias» de Verbo Divino. Como en las otras dos obras, formalmente la edición del libro está muy cuidada con el enorme trabajo del equipo de traducción y revisión, encabezado por el Prof. Manuel G. Doncel. Por ello, se incluye una exhaustiva castellanización de la bibliografía, se indican las páginas citadas en las ediciones tanto original como castellana, se incluye un índice temático y onomástico, etc. Además las divisiones en parágrafos facilitan mucho la estructuración de la obra y permiten una localización fácil de los temas que se tratan. En cuanto a la estructura, el libro se divide en 4 partes con un total de 11 capítulos, más una conclusión. Por supuesto, el eje vertebrador de esta obra es la defensa de una teología que toma en serio el devenir y la evolución de la realidad, y que da cuenta de la presencia de Dios desde una «teología del Espíritu creador». Por tanto, el protagonista principal es el Espíritu, al que Edwards considera que hay que concederle un «lugar apropiado» (p. 13). Es fundamental esa aproximación pneumatológica en la teología occidental, a veces tan estática y cristomonista, frente al soplo del Espíritu más propio de la teología ortodoxa. Veamos muy brevemente la idea central de cada uno de los capítulos.

 

Primera parte: «Dos pilares para una teología del Espíritu» (capítulos 1 y 2). Esta primera parte sirve a modo de introducción del resto de la obra, proponiendo ya las claves pneumatológicas interpretativas de la teología del Espíritu Creador.

El Capítulo 1 La historia del Universo, nos presenta una abreviada, pero completa, historia del proceso de la formación, desarrollo y evolución del universo desde el big-bang hasta la aparición y también evolución de la vida y el ser humano. Este primer capítulo puramente científico se justifica porque «la teología está llamada a reaccionar ante lo que podemos conocer con una confianza razonable acerca del universo que habitamos» (p. 26).

El Capítulo 2 San Basilio sobre el Espíritu Santo es ya, verdaderamente, un capítulo de fundamentación de la pneumatología que utilizará Edwards en el resto del libro, fuertemente influida por la teología de San Basilio. Así pues, este capítulo es un interesante resumen de la teología del Espíritu del Obispo de Cesarea, del que yo me contento con sacar tres afirmaciones clave para comprender no sólo a Basilio, sino al propio Edwards: «Para Basilio, por tanto, Dios debe entenderse como radicalmente relacional. […] El ser de Dios es comunión» (p. 54). «Basilio tiene una imagen favorita para el Espíritu. Lo ve como el Aliento de Dios que acompaña siempre a la Palabra. Es el Aliento de Dios que nos da vida» (p. 55). «Basilio ve como enteramente posible y apropiado hablar no solamente de creaturas como nosotros, morando en el Espíritu, sino también hablar del Espíritu morando en las creaturas» (p. 59). A fin de cuentas, todo esto es lo que permite a Edwards afirmar para su propia teología, que «el Espíritu es la presencia de Dios en el corazón del universo, una presencia misteriosa que llena el universo entero, aunque es también íntimamente interior a cada creatura» (p. 61).

 

Segunda parte: «La historia del Espíritu» (Capítulos 3-6). Un Espíritu así concebido implica que, como bien puntualiza Edwards, «la historia del Espíritu […] es coextensiva con la vida total del Universo» (p. 65). Y esta segunda parte del libro trata de poner de manifiesto, precisamente, esta presencia inmanente del Espíritu en la historia del universo, centrándose posteriormente en tres jalones históricos propios del cristianismo.

El Capítulo 3 Insuflando vida en un universo de creaturas trata de poner de manifiesto desde la teología bíblica y la patrística del Espíritu, el modo en que el aliento pneumático está presente en la creación desde el comienzo y en su proceso evolutivo. El propio autor nos resume en siete proposiciones (pp. 86-90) lo argumentado en este capítulo. «1º. El Espíritu puede ser pensado en términos bíblicos, como el Aliento de Dios que insufla vida en un universo de creaturas»; «2º. El Aliento de Dios y la Palabra de Dios actúan juntas en la creación»; «3º. El Espíritu de Dios es la fuente de lo nuevo en un universo emergente»; «4º. La creación es una relación —una relación entre cada creatura y la Comunión divina—»; «5º. El Espíritu es el Portador-de-comunión, la presencia creativa que actúa en cada entidad y la relaciona con la Comunión divina»; «6º. En el Espíritu creador, Dios se hace presente a todas las creaturas, abrazando a cada un de ellas en el amor»; «7º. Las creaturas del universo son puestas en comunión unas con otras por medio del Espíritu que actúa en ellas». Consideradas así las cosas, esta teología pneumatológica puede ser fuente de un diálogo interreligioso esencial, de respeto de otras tradiciones religiosas o no religiosas y, por supuesto, de una apropiada actitud ecológica (tema muy querido por nuestro autor).

El Capítulo 4 Abrazando a los seres humanos en la gracia, deja ya el ámbito genérico de la creación para centrarse en la gracia, en la historia de la Salvación, que no comienza en el acontecimiento crístico ni se reduce a las fronteras cristianas, sino que está presente siempre y en todas partes, incluido, pues, en otras tradiciones religiosas (cf. pp. 91, 106 ss)[1]. Esto no invalida la singularidad del acto salvador de Cristo, pero Edwards —asumiendo a Rahner y, creo yo, a buena parte de la mejor teología actual— resitúa el hecho de la Cruz lejos de las degradaciones y deformaciones teológicas plagadas de categorías como «sacrificio», «satisfacción», etc. que hasta hacía poco dominaban la doctrina cristiana, y que desgraciadamente aún está presente en cierta teología y en el imaginario colectivo popular. Con enorme justeza afirma Edwards (siguiendo a Rahner): «pueden dar la falsa impresión de que algo ocurre en la cruz que cambia el parecer de Dios. Rahner insiste en que la cruz no provoca un cambio de parecer en Dios. No cambia a Dios de ser un Dios airado a ser un Dios de gracia. Dios no necesita ser aplacado. Dios debe entenderse como la causa de la salvación. La voluntad eterna de salvar de Dios encuentra expresión en la cruz. La muerte y la resurrección no son, en ningún sentido, causa de que Dios comience a amar a los pecadores, sino la consecuencia, la expresión y la encarnación del amor divino» (p. 103).

El Capítulo 5 El origen del acontecimiento crístico, es una bella síntesis de cristología pneumática (¡tan poco desarrollada en la teología latina!), un Jesús ungido por el Espíritu, y, por tanto, como Sabiduría de Dios. Edwards en los primeros epígrafes repasa la teología del Nuevo Testamento que ve al Espíritu como presente y actuante en la vida entera de Jesús de Nazaret. Así: Jesús como aquel sobre quien desciende el Espíritu Santo en forma de paloma (Marcos); Jesús concebido del Espíritu Santo (Mateo); Jesús como el ungido con el Espíritu Santo (Lucas-Hechos); y Jesús como aquel en quien el Espíritu descansa (Juan). Posteriormente Edwards —que se considera como uno de los defensores de la necesidad de cristologías de la Sophia, ecológicas y pneumáticas— hace un repaso por las contemporáneas cristologías del Espíritu, en autores como Dunn, Lampe, Schoonenberg, Ruether, Moltmann, Haight, Coffey y Del Colle. Y concluye con su propia propuesta que desarrolla a través de siete proposiciones (pp. 135-144): «1º. Una cristología pneumática procede desde abajo»; «2º. El mismo Espíritu que es dador-de-vida, dando fuerzas para la emergencia del universo, y que es portador-de-gracia, abrazando a los seres humanos a través de la historia, unge ahora a Jesús de Nazaret y descansa en Él»; «3º. El acontecimiento crístico es originado “por el poder del Espíritu Santo”»; «4º. Existe una verdadera historia del Espíritu en la vida, la muerte, y la exaltación de Jesús»; «5º. El Espíritu transforma la negatividad de la cruz en un acontecimiento de liberación»; «6º. Existe una relación íntima entre la unción de Jesús por el Espíritu y la acción del Espíritu en nosotros mediante la gracia»; «7º. Hay una estructura doble en la relación de Jesús con Dios».

El Capítulo 6 Derramado sobre la Iglesia, pretende esbozar una eclesiología pneumática, que tomará muchas de las ideas de Congar y que pretende evitar absolutismos institucionales y estatismos estructurales. En primer lugar, Edwards ejemplifica el soplo del Espíritu tanto en el interior como en el exterior de la Iglesia, eligiendo seis signos recientes: En el interior: el movimiento pentecostal; el movimiento ecuménico; y el Concilio Vaticano II. En el exterior: los movimientos que buscan promover la auténtica justicia para los pobres de la Tierra; el movimiento feminista; y el movimiento ecológico. Finalmente, Edwards propone su eclesiología a través de tres reciprocidades, o dialécticas, que mantengan en tensión y siempre abiertas a la novedad, las configuraciones eclesiales concretas. (1) Reciprocidad de la Palabra y el Espíritu; (2) Reciprocidad entre la Iglesia local y la Iglesia universal; (3) Reciprocidad entre sinodalidad y ministerio ordenado. Así pues, para Edwards, la vida de la Iglesia se asienta en una permanente invocación al Espíritu.

 

Tercera Parte: «Explorando la teología del Espíritu creador» (Capítulos 7-9). Una vez desarrollada una concepción de la historia (tanto la puramente cósmico-biológica como la propiamente humana) en la que el Espíritu sopla su aliento inmanente en la creación, Edwards ahora dedica tres capítulos a esbozar propiamente una pneumatología sistemática de modo sintético.

En el Capítulo 7 El Espíritu como comadrona y compañera mientras la creación gime al dar a luz, Edwards se enfrenta a la cuestión del sufrimiento y del mal en el mundo, y rechazando opiniones tradicionales como la del Aquinate que negaba sufrimiento en Dios, apuesta por una imagen del Espíritu que «puede ser pensando como la comadrona que ayuda a la creación en sus penalidades de dar a luz lo nuevo (p. 186). Lo que implica que Dios sufre y siente dolor por su creación, aunque, por supuesto: «dolor es usado en Dios en un sentido analógico. La experiencia divina del amor compasivo está más allá de toda experiencia humana y de toda palabra humana. Cuando usamos la expresión dolor de Dios, igual que cualquier otra palabra que podamos usar, debemos ser conscientes de la absoluta alteridad de Dios y de las limitaciones humanas de nuestro lenguaje. Pero necesitamos palabras como dolor para hablar del sentimiento de Dios por las creaturas» (p. 186).

El Capítulo 8 Un papel distintivo y propio del Espíritu en la creación, es una defensa de «que el papel del Espíritu en la creación es propio del Espíritu. No es simplemente apropiado al Espíritu» (p. 196). Para desarrollar esta pneumatología Edwards hace cuatro propuestas (pp. 197-206) que aquí sólo podemos formular: «Propuesta 1ª. La Trinidad actúa en la creación como unidad indivisa, pero esta unidad indivisa puede comportar un papel propio del Espíritu en la creación»; «Propuesta 2ª. Un punto de partida para una teología del papel propio del Espíritu en la creación puede hallarse en teologías recientes, que defienden papeles propios de las personas divinas en la encarnación y en Pentecostés»; «Propuesta 3ª. Si la creación es una relación entre cada creatura y la Trinidad, tal relación habrá de implicar relaciones propias con las personas trinitarias»; «4ª Propuesta. Lo que es distintivo de cada persona divina entra en juego en la tarea única de la creación divina».

En el Capítulo 9 Un universo relacional que evoluciona dentro de la vida relacional de Dios, nuestro autor argumenta a favor de un «panenteísmo trinitario», fundado en el carácter relacional tanto del mundo cósmico-biológico (es decir, el mundo propio de la ciencia) como de la misma naturaleza divina, que es comunión constitutiva y constituyente. Así, pues, «el Espíritu de Dios es la potencia de futuro, inmanente en todos los procesos del universo evolutivo, que capacita al universo para llegar a ser algo nuevo. […] El Espíritu de Dios actúa como emergencia evolutiva cada vez que ocurre algo nuevo y cada vez que la naturaleza se extiende extáticamente más allá de ella misma en el desplegarse del universo y en el transcurrir dinámico de la vida» (p. 224). El capítulo acaba con seis proposiciones sobre su modo de entender el panenteísmo trinitario siempre visto fundamentalmente desde el Espíritu.

 

Cuarta Parte: «Dos temas concretos de la teología del Espíritu» (Capítulos 10 y 11). Finalmente, estos dos últimos capítulos tratan respectivamente dos cuestiones interesantes de la pneumatología. Por un lado, el Capítulo 10 La procesión del Espíritu, trata de establecer desde la teología de Basilio un acercamiento entre católicos y ortodoxos respecto a la cuestión del filioque. En tanto que el Capítulo 11 Discernimiento del Espíritu, escrito desde ese talante religiosa y espiritualmente conmovedor propio de toda esta obra de Edwards, bucea en la experiencia (siempre difícil) del «discernimiento»: como seguimiento de Jesús; en su dimensión cognitiva; de movimientos interiores (de una belleza enorme, siguiendo a Ignacio de Loyola); y basado en la experiencia de ser atraído enteramente hacia el amor de Dios.

Las últimas diez páginas del libro conforman la conclusión que se resuelve en once proposiciones que resumen el itinerario de la obra de modo claro y sistemático. Así, pues, este Aliento de vida, merece una lectura atenta y una meditación profunda, una escucha del Otro y de los otros, porque «estar en comunión con este Espíritu es estar en comunión con todas las creaturas de Dios» (p. 280), porque en nuestra tarea de hacer un mundo mejor, desde el Reino anunciado, vivenciado y amado por Jesús, el Espíritu sopla donde quiere. 

 

Jesús Romero Moñivas
Universidad Complutense de Madrid
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Publicado en: 
Actualidad bibliográfica de filosofía y teología 90 (2008), pp. 184-187.