Recensión Vol.8 "La Trinidad y un mundo entrelazado"

POLKINGHORNE, JOHN (Ed.) La Trinidad y un mundo entrelazado. Relacionalidad en las ciencias físicas y la teología, Verbo Divino, Estella 2013, 287 pp. IBSN: 978-84-9945-970-7.

 

Esta obra que presentamos es el octavo libro que edita la Colección Teología y Ciencias dirigida por Manuel G. Doncel; como las obras anteriores, se trata de una traducción seria y rigurosa (en ocasiones con comentarios aclaratorios a pié de página del propio editor). Como es habitual, presenta una bibliografía detallada y castellanizada, y un completo índice analítico de materias. El sentido de incluir esta obra colectiva dentro de la Colección se encuadra dentro de la preocupación general del diálogo entre las cosmovisiones científicas y teológicas, pero sobre todo dentro de la problemática especifica que constituye el interés fundamental de Manuel G. Doncel y una gran parte de los teólogos incluidos en este diálogo: me refiero a la reformulación de la ontología y de la metafísica clásica, especialmente la aristotélico-tomista —excesivamente estática—, por una nueva ontología que pueda fundamentar una “creación evolutiva”, en la que se produce enriquecimiento de ser y en los que el devenir, el llegar a ser y el dinamismo, son las notas características de la realidad física tal como la refleja la ciencia moderna. Por ello, más que una ontología de la sustancia se hace necesario construir una ontología de las relaciones. De ahí que este libro pueda darnos pistas (a pesar de ser sólo eso, indicaciones) para avanzar en esa empresa teórica. En este caso, como en el volumen cuarto, el libro es la recopilación de un conjunto de ponencias de varios autores que, sin embargo, en esta ocasión presentan una desigual calidad y relevancia. Brevemente podríamos decir que la tesis general que motivó a Polkinghorne a este libro es si existe una relación entre la relacionalidad propiamente teológica que caracteriza a la Trinidad y la relacionalidad que la ciencia del último siglo ha puesto de manifiesto para la realidad física; o dicho de forma más teológica: si puede decirse que la relacionalidad de la realidad física es un vestigio del Dios trinitario que la creó y da consistencia ontológica. Las diferentes contribuciones de este libro tratan de reflexionar sobre esta cuestión desde diversos ángulos, perspectivas y opiniones, lo que produce un caleidoscopio de aportaciones de muy diverso rigor intelectual, que dejan al lector una vaga sensación de insatisfacción con algunos de los capítulos. Podríamos agrupar en tres grandes secciones los trece capítulos que componen el libro.

(1) La primera sección podríamos decir que es la más estrictamente científica y recoge los capítulos del 1 al 4: El ocaso de Demócrito de Polkinghorne, El mundo entrelazado: ¿cómo puede ser eso? de JefreyBub, La física cuántica: ¿ontología o epistemología? de Anton Zeilingery ¿Un universo autosuficiente? de Michael Heller. A excepción de Bub, todos los autores, tras desarrollar su parte estrictamente física, terminan por hacer reflexiones filosóficas: Polkinghorne incluye un apartado final sobre reflexiones teológicas donde afirma que “cabría esperar que una cautelosa teología de la naturaleza ofrezca una idea de la manera en que la creación divina refleja, aunque pálidamente, el carácter de su Creador” (p. 28). Esta es, de hecho, la idea central que pretende discutirse a lo largo de la obra. Zeilinger hace afirmaciones filosóficas sobre la forma de comprender la física cuántica en la que no es posible separar ontología y epistemología y, además, afirma que el entrelazamiento cuántico pone de manifiesto que sólo es posible construir una ontología de relaciones no de individuos. Heller concluye que las grandes cuestiones filosóficas siempre nos amenazan y él se centra en la idea de que el principio de autosuficiencia del Universo puede estar en consonancia con la visión panenteísta. En cualquier caso, tras la lectura de estos cuatro primeros capítulos, el lector queda con la sensación de que, efectivamente, las ciencias físicas han puesto de manifiesto que la realidad está profundamente entrelazada. Qué significa ese entrelazamiento o relacionalidad y qué consecuencias teológicas o filosóficas tiene es ya otro tema que se tratará de discutir en los siguientes capítulos.

(2) Lo que yo considero una segunda sección más propiamente filosófica son los capítulos 5 y 6, Una introducción a la ontología relacional de Wesley J. Wildmany El conocimiento científico como un puente hacia la mente de Dios de Panos A. Ligomenides. Estos dos capítulos comienzan a deslizarse hacia problemáticas menos científicas, aunque derivando en cierto modo de ellas. El capítulo de Wildman es un intento de rigor conceptual y epistemológico, poniendo de manifiesto la enorme variedad semántica que gira en torno al concepto de relación. Aunque él acaba por tomar una decisión teórica que le será criticada en otros capítulos: afirma que “todas las relaciones reales son causales y por eso deberíamos desarrollar una teoría de la relación mediante una teoría amplia de la causalidad que pueda registrar las diversas calidades de relación” (p. 89). Al final de su capítulo propone, además, que comprender el mundo de modo relacional (con otros seres humanos, animales, plantas, etc.) tiene consecuencias éticas importantes. Por su parte, el capítulo de Ligomenides es una mezcla de perspectivas: en las primeras páginas desarrolla la peculiaridad de nuestro mundo relacional, repasando los hitos científicos que muestran la relacionalidad de la realidad física; a continuación con el mismo propósito introduce también lo que denomina valores evolutivos intrínsecos, que ponen de manifiesto las formas estructurales y funcionales duraderas que reflejan esta visión relacional. La última parte del capítulo concluye con una serie de reflexiones sobre ciencia y espiritualidad, de cómo una mejor forma de hacer ciencia no puede desvincularse de una igualmente importante reflexión espiritual.

(3). Finalmente, la tercera parte es la más propiamente teológica, e incluye los capítulos del 7 al 13. No obstante, aquí es donde más se percibe la desigualdad de perspectivas entre los autores. Pueden distinguirse, a su vez, dos grupos de capítulos diferentes: (3.1.) los capítulos 7, 11 y 12, respectivamente Naturaleza relacional de ArgyrisNicolaidis, Relación: humana y divina de Michael Welkery Una ontología relacional reexaminada en perspectiva sociológica de David Martin, son intentos de ampliar la cuestión de la relacionalidad no sólo a la física, sino también a la semiótica (Nicolaidis), psicología (Welker) y a la sociología (Martin). Sin embargo, así como el capítulo de Welker es iluminador en muchos aspectos, y pone de manifiesto la complejidad inherente a una relación perceptiva con uno mismo y, como consecuencia, no se puede hablar de forma simplista de la relacionalidad entre el ser humano y Dios; el capítulo de Martin, sin embargo, se pierde en demasiadas divagaciones para poner de manifiesto que las relacionalidades sociales que se pueden encontrar en las movilizaciones políticas y religiosas son, a la vez, reflejo de la relacionalidad divina y deformaciones de ese reflejo que sólo será completo en un tiempo escatológico. Por su parte el capítulo de Nicolaidis es un nuevo repaso por alguno de los hitos de la ciencia que manifiestan el carácter relacional, y utiliza el modelo triádico de Pierce para reflexionar sobre ello, aportando además la idea de que la relación fundada en el ágape es el principio de relación creativa, más allá de la mera causalidad mecánica propia de los niveles inferiores de relación.

(3.2.) Los capítulos 8, 9, 10 y 13 reflejan un debate teológico muy técnico entre teólogos trinitarios respecto a la interpretación de la supuesta brecha que existe entre los padres Orientales (especialmente los Capadocios) y Latinos (especialmente San Agustín). Es útil para explicar este debate tomar como punto de partida el capítulo 10 Ontología relacional: percepciones desde el pensamiento patrístico del Metropolita John Zizioulas, donde se expone su tesis clásica de la precedencia de la relación sobre el ser tal como, según él, se da en los Padres Capadocios frente a la concepción de San Agustín, que prioriza la sustancia frente a la relación. Esta tesis de que en oriente se da prioridad a la relación y en occidente a la sustancia es objeto de críticas en los otros tres capítulos: tanto en el 8 La santísima Trinidad: modelo del ser persona en relación del Metropolita Kallistos Ware, que es un recorrido histórico por la patrística (negando de paso la interpretación de Zizioulas, aunque de manera amistosa) y que concluye con la hermosa imagen de que el ser humano es un icono de la Trinidad, porque la relacionalidad con los otros es constitutiva al ser humano, de ahí que negando la famosa sentencia sartriana y parafraseando a T. S. Elliot, Ware afirme que “el infierno no son los demás; soy yo mismo separado de los demás” (p. 163). Si la crítica a Zizioulas es muy amistosa en el ortodoxo Ware, no así en el capítulo 9 Aventuras (y desventuras) en la ontología trinitaria del teólogo católico Lewis Ayres y en el capítulo 13“Ontología relacional”, Trinidad y ciencia de la teóloga anglicana Sarah Coackley. Ayres es especialmente crítico, incluso diríase que hostil, al planteamiento de Zizioulas y gran parte de los “ontólogos trinitarios”. Ayres apuesta por una formulación rigurosa de los conceptos que están en juego en este debate, y que ciertamente son a menudo utilizados en los argumentos con mucha vaguedad y sin rigor. Dos son las conclusiones esenciales que pretende manifestar: en primer lugar, considera que es difícil “sostener el procedimiento analógico, que me parece endeble, de proyectar hacia Dios una noción de relacionalidad y suponer, después, que está descripción del ser divino autoriza a hacer prescripciones para la vida cristina”; pero en segundo lugar, además, “los modos de unidad y pluralidad que los cristianos buscan son configurados no solamente por referencia a aquello que intentamos ver en la misma Trinidad, sino siempre también por la reflexión sobre el estadio del drama divino-humano en el cual nos encontramos actualmente” (p. 181 y 182). Por su parte Coackley, también con carácter crítico, hace un repaso histórico de las tres tendencias que ella considera esenciales para comprender el reciente desarrollo del pensamiento trinitario: la primera tendencia es la que incluye las reflexiones de Lossky, Barth y Rahner; la segunda es la capitaneada por el propio Zizioulas y sus “convencidos devotos” (es expresión de la autora); finalmente, la tercera es la que se ejemplifica en Ware, Behr, Williams, Ayres, Barnes y la propia Coackley, que es precisamente una reacción crítica contra Zizioulas y su interpretación antes expuesta. Tras algunas reflexiones de carácter filosófico sobre la identificación de Wildman de relacionalidad y causalidad, Coackley, al igual que Ayres, termina concluyendo que “deberíamos estar precavidos frente a expectativas de ‘reflejos’ directos de tal relacionalidad [la divina] en el universo físico” (p. 248), y apelando a la exigencia de que es necesario justificar (no solamente aceptar por la autoridad de la Iglesia) la necesidad del “tercero” (el Espíritu) en la relacionalidad de Dios.

En definitiva, este nuevo volumen de la Colección de Teología y Ciencias, a pesar de la variopinta diversidad de contribuciones, tiene el mérito fundamental de introducir al lector en algunas de las complejidades del debate teológico trinitario y su relación con la realidad creada tal como la estudian las ciencias.

 

Jesús Romero Moñivas

Universidad Complutense de Madrid

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Publicado en Actualidad bibliográfica de filosofía y teología 101 (2014), pp. 49-51