John Barrow. Premio Templeton 2006. Biografía y conferencia

JOHN D. BARROW, PREMIO TEMPLETON 2006

 

 

 

Breve biografía

 

 

1952 – Nace en Londres, hijo de Lois Miriam Barrow, ama de casa, y de Walter Henry Barrow, director de compras de una empresa de maquinaria.

1971 – Ingresa al Van Mildert College de la Universidad de Durham. Es el primer miembro de su familia que entra a la Universidad en este siglo.

1975 – Se casa con Elizabeth Mary East, enfermera. Tienen tres hijos: David Lloyd, Roger James and Louise Elizabeth.

1977 – Recibe el doctorado en astrofísica en la Universidad de Oxford con la tesis “Modelos cosmológicos no uniformes” dirigida por el conocido cosmólogo Dennis Sciama. Becas de investigación en astronomía y física en la Universidad de California en Berkeley. Es elegido becario de investigación en la Christ Church de Oxford.

1981 – Nombrado profesor adjunto del Centro de Astronomía de la Universidad de Sussex.

1983 – Publica su primer libro The Left Hand of Creation.

1986 – Su tercer libro "The Anthropic Cosmological Principle", que obtiene una amplia difusión.

1989 – Nombrado profesor titular del Centro de Astronomía de la Universidad de Sussex, y director en 1995.

1999 – Nombrado profesor de Matemáticas en el Departamento de Matemática Aplicada y Física Teórica en la Universidad de Cambridge.

2003 – Nombrado Profesor de Astronomía Gresham en el Gresham College de Londres. Este es el título de profesor de ciencias más antiguo del mundo, fundado en 1596.

2004 – Elegido vicepresidente del Clare Hall College de Cambridge. Director del Proyecto Millennium de Matemáticas destinado a divulgar las matemáticas entre niños y jóvenes de cinco a diecinueve años, recientemente galardonado con el premio Aniversario de la Reina.

2005 – Publica su decimoséptimo libro, The Infinite Book: A Short Guide to the Boundless, Timeless and Endless.

2006 – Recibe el premio Templeton al Progreso de la Investigación y los Descubrimientos de Realidades Espirituales.

 

“Las apariencias engañan”

Palabras pronunciadas con motivo de la recepción del Premio Templeton el 15 de marzo de 2006.

 

Hace poco más de un año que me encontraba en una gran iglesia, la Basílica de san Marcos en Venecia. La anterior se había construido en el año 832 para acoger las reliquias de san Marcos evangelista, que según la tradición habían sido traídas a Venecia desde Alejandría cuatro años antes por dos mercaderes venecianos. Decían haber escondido las reliquias del santo mártir bajo lonjas de tocino para rehuir así de la vigilancia de los funcionarios musulmanes de aduanas.

 

La actual Basílica de estilo bizantino con su conjunto característico de bajas cúpulas, se empezó a construir el 1063 y se consagró el 1089. Hoy se encuentra junto al Palacio del Dux, en un extremo de la plaza de san Marcos, atrayendo más a los turistas y a las palomas que a los peregrinos, con una fachada que sale en miles de tarjetas postales.

 

Llegué a la iglesia a primera hora de la tarde con un grupito de otros científicos para realizar una visita guiada después del cierre de las visitas diarias. Cuando entramos, la iglesia estaba casi totalmente a oscuras. Hay pocas ventanas y éstas son pequeñas y lejos de ser transparentes. Nos pidieron que nos sentáramos en el centro, contando sólo con alguna débil luz de pie y algún que otro cirio eléctrico para llegar hasta nuestros asientos. Sobre nosotros sólo había oscuridad.

 

Pero entonces, muy lentamente, la intensidad de la luz fue aumentando lentamente sobre nosotros y a nuestro alrededor, y el interior empezó a ser iluminado mediante un discreto sistema de luces de sodio escondidas. La oscuridad del nuestro alrededor se abrió a una espectacular luz dorada. Las bóvedas del techo sobre nosotros estaban recubiertas de un mosaico de vidrio y oro que brillaba de manera espectacular. Entre los siglos XI y XV se construyeron casi mil metros cuadrados de mosaico de oro, metro a metro, mezclando oro y vidrio mediante un procedimiento muy delicado que todavía no es del todo conocido, para producir este chispeante santuario dorado. Las apariencias pueden engañar.

 

Pero pensándolo bien, lo que más me impresionó fue darme cuenta de que los centenares de artesanos que habían trabajado durante siglos para hacer posible este fabuloso espectáculo, nunca lo habían visto en la plenitud de su esplendor. Trabajaron en el interior oscuro, sirviéndose de la luz de las velas y de los candiles humeantes para iluminar la pequeña superficie en que trabajaban, pero ninguno de ellos vio nunca todo el esplendor del techo dorado. Para ellos, como para nosotros quinientos años después, las apariencias engañaban.

 

También nuestro Universo es un poco así. Los antiguos autores que celebraron que los cielos anunciaran la gloria del Señor, sólo veían a través de un vidrio de manera oscura. Desconocido para ellos y para muchos otros que los siguieron, el Universo se ha mostrado a sí mismo, mediante los instrumentos que la ciencia moderna ha hecho posibles, mucho más grande, más espectacular y más humilde de lo que nunca imaginamos que sería.

 

El Universo parece grande y viejo, oscuro y frío, hostil a la vida como sabemos, peligroso y difícil de explorar. Más de un filósofo del pasado llegó a la conclusión de que el Universo no tenía sentido y que era la antítesis de la vida: un reino desolado y negro en el cual nuestro pequeño planeta era un resultado efímero de las ciegas fuerzas de la Naturaleza. Una vez más, las apariencias pueden engañar.

 

En los últimos setenta y cinco años, los astrónomos han iluminado la bóveda del cielo de una manera totalmente inesperada. El Universo no sólo es grande, sino que se va haciendo cada vez más grande. Se está expandiendo. Grandes cúmulos de galaxias se alejan unas de otras a velocidades cada vez más grandes. Esto significa que el tamaño del Universo que podemos ver está inseparablemente unido a su edad. Es grande porque es viejo.

 

Esos inmensos períodos de tiempos son importantes para nuestra propia existencia. Estamos hechos de una combinación de átomos de carbono, nitrógeno y oxígeno, y otros; es posible que algún día otras formas de inteligencia terrestre estén hechas de átomos de silicio. Los núcleos de todos estos átomos no se encuentran ya formados en el Universo. Se unen mediante un largo proceso de lenta combustión en las reacciones nucleares de las estrellas. Esta alquimia estelar tarda casi diez mil millones de años en quemar hidrógeno para dar helio y después berilio, y carbono y oxígeno y otros elementos, antes de que las estrellas que se están apagando estallen en supernovas y esparzan sus restos dadores de vida por el Universo donde éste encuentra el modo de hacer granos de polvo, planetas, y finalmente personas. El núcleo de cada átomo de carbono de nuestros cuerpos ha llegado de una estrella. Estamos más relacionados con las estrellas de lo que nunca podíamos haber imaginado.

 

Así que uno empieza a entender por qué no sorprende que el Universo parezca tan grande y tan viejo. Necesita casi diez mil millones de años para fabricar los bloques de la complejidad viva en las estrellas y, como el Universo se expande, tiene que tener como mínimo un tamaño de diez mil millones de años luz. Nosotros no podríamos existir en un Universo que fuera mucho más pequeño.

 

La inmensidad del Universo es citada a menudo como prueba de alta probabilidad de vida en otros lugares. Aunque pueda haber vida en otros lugares – incluso vida consciente –, el tamaño solo no es decisivo: vemos que el Universo necesita un tamaño de miles de millones de años luz sólo para mantener una sola propuesta de vida. Un Universo menor, sólo del tamaño de nuestra galaxia, la Vía Láctea, con sus cien mil millones de estrellas y posibles sistemas planetarios, parece un espacio suficiente para todo lo que consideremos valioso. Pero tendría menos de un mes. Un tiempo que es casi insuficiente para cargar facturas en la tarjeta de crédito, sólo permite producir complejidad y vida desde la simplicidad subatómica.

 

Para que un universo pueda acoger la vida tiene que ser grande y viejo. Pero esto significa que también tiene que ser oscuro y frío. Con el paso del tiempo, el universo en expansión se enfría cada vez más, y la energía disminuye cuando el espacio aumenta. Después de miles de millones de años, el infierno de la antigua “gran explosión” tiene que ser sustituido por el cielo oscuro de la noche que vemos al nuestro alrededor y que sólo contiene una débil radiación de microondas, eco de su origen caliente, un frío de sólo tres grados por encima del cero absoluto, pero todavía detectable por la nieve del ruido de fondo en la pantalla de televisión desajustada en nuestras salas de estar. El cielo oscuro de la noche que ha originado tantas respuestas humanas sobre nuestro lugar en el Universo es una parte necesaria de un Universo que mantiene la vida.

 

La vida sólo se puede originar y mantener en un Universo que sea grande y viejo, oscuro y frío, con sus planetas, estrellas y galaxias separados por inmensas distancias. Estas características son necesarias en un Universo que mantenga la vida. La astronomía ha cambiado aquel Universo poco inteligente, contrario a la vida y sin sentido de los filósofos escépticos. Infunde nueva vida a muchas preguntas religiosas de interés extremo y de fascinación sin fin. Muchas de las cuestiones más profundas y más atractivas que todavía tratamos de resolver en torno a la naturaleza del Universo tienen sus orígenes en nuestra investigación puramente religiosa de sentido. El concepto de un Universo regido por leyes, con un orden que se puede entender y en el cual se puede confiar, ha surgido en gran parte de las creencias religiosas sobre la naturaleza de Dios. La imagen atomista de materia surgió mucho antes de que hubiera podido haber ninguna evidencia experimental a favor o en contra. De estas creencias salió la confianza que detrás de las apariencias había un orden inmutable que valía la pena estudiar. Las grandes preguntas sobre el origen y el fin del Universo, posiblemente los orígenes de toda complejidad observada y la potencial infinitud del espacio, nacieron de nuestro enfoque religioso de las grandes preguntas sobre la existencia y la naturaleza de Dios. Y como todas las grandes preguntas, pueden acabar teniendo respuestas que nos llevan por caminos insospechados, cada vez más lejos de lo familiar y cotidiano: multiversos, otras dimensiones, curvatura del tiempo y del espacio; todo puede revelar un Universo que contiene más de lo que hace falta para la vida, incluso más de lo que hace falta para la especulación. Ahora vemos cómo es posible que un Universo que muestra una complejidad sin fin y una estructura muy fina esté gobernado por unas pocas leyes sencillas –quizás sólo una ley– que son simétricas e inteligibles, leyes que gobiernan las cosas más importantes de nuestro Universo, familias de partículas elementales totalmente idénticas que se encuentran en todas partes.

 

Hacia este mundo sencillo y bello que hay detrás las apariencias, donde la Naturaleza regida por leyes se muestra de una manera más completa y elegante, es donde miran los físicos para encontrar el sello característico del Universo. El resto de personas mira hacia los resultados de estas leyes. A menudo, los resultados son complejos, difíciles de entender y llenos de significado –a veces nos incluyen a nosotros mismos–, pero la verdadera simplicidad y simetría del Universo se tiene que encontrar en las cosas que no se ven. Y lo más sorprendente de todo es que encontramos que hay ecuaciones matemáticas, pequeños garabatos sobre trozos de papel, que nos dicen como se comportan todos los Universos. Porque hay una lógica más amplia que los Universos que es lo más sorprendente porque podemos comprender una parte significativa de ella y así participar de su comprensión.

 

Antes pensábamos que todo el Universo estaba hecho de las cosas materiales que encontramos en la Tierra. Ahora hemos descubierto que también ésta era sólo una primera conjetura. Más del setenta por ciento del Universo está constituido por un tipo de energía oscura cuya identidad exacta es desconocida. Revela su presencia por el dramático efecto que ejerce sobre la expansión del Universo. A diferencia de todas las otras formas conocidas de materia, que ejercen fuerzas atractivas de gravitación en otras formas de materia y entre ellas mismas, esta forma oscura de energía responde de manera repulsiva a la gravedad, haciendo que toda la materia se aleje aceleradamente de ella, originando una aceleración en la expansión del Universo que empezó a ocurrir cuando éste había llegado a cerca del setenta y cinco por ciento de su tamaño actual. Este descubrimiento sobre nuestro Universo fue una sorpresa, como lo es descubrir algo totalmente inesperado en un viejo amigo. Una vez más, las apariencias engañaban.

 

En el Universo, por tanto, tal como ocurrió aquella tarde en san Marcos, las cosas no siempre son como parecen cuando miramos hacia arriba. El todo es mucho más que la suma de sus partes. Los arquitectos de nuestras imágenes religiosas y científicas del Universo, y los muchos comentadores que han seguido sus interpretaciones, podrían ver sólo una pequeña parte de lo que hay y conocer sólo una pequeña parte de lo que podemos aprender sobre nuestro lugar en el Universo. Empezamos a ver por primera vez las propiedades extraordinarias de nuestro entorno específico y el lazo que une la vida con la inmensidad de espacio y tiempo. Verdaderamente, las apariencias pueden engañar.

 

Algunos dicen que, justamente porque utilizamos nuestras mentes para comprender el orden y la complejidad del Universo que nos rodea, no hay en este orden nada más que aquello que es impuesto por la mente humana. Este es un juicio erróneo grave. Si fuera verdad, entonces esperaríamos encontrar la más grande y la más fiable comprensión del mundo a partir de los hechos cotidianos, para la cual millones de años de selección natural han agudizado nuestro ingenio y han preparado nuestros sentidos. Y cuando miramos hacia el espacio exterior de las galaxias y de los agujeros negros, o hacia el espacio interior de los quarks y de los electrones, tendríamos que esperar encontrar algunas resonancias entre nuestras mentes y los comportamientos de estos mundos. Para nuestra subsistencia y reproducción, la selección natural no necesita entender los quarks ni los agujeros negros. Y a pesar de ello, encontramos estas expectativas desarrolladas en sus cabezas. El conocimiento más preciso y fiable que tenemos acerca de las cosas del Universo es de lo que sucede en el sistema binario de una estrella situada a más de tres mil años luz de nuestro planeta y en el mundo subatómico de los electrones y de los rayos de luz, donde llegamos a tener una aproximación de más de nueve decimales. Pero, curiosamente, nuestras mayores incertidumbres están todas relacionadas con los problemas locales acerca de la comprensión de nosotros mismos – sociedades humanas, comportamiento humano, y mentes humanas – todas aquellas cosas que realmente importan en la supervivencia humana. Pero es así porque necesitan ser complejas; si nuestras mentes fueran suficientemente simples para ser entendidas, serían demasiado simples para entender.

 

Sea cual sea la ciencia a la cual nos dedicamos, estamos acostumbrados a ver un progreso. Nuestras primeras tentativas para comprender las leyes de la Naturaleza son a menudo incompletas. Sólo captan una parte de la verdad o la ven a través de un vidrio sólo de manera oscura. Algunos piensan que nuestro progreso es como una sucesión sin fin de revoluciones que derriban el orden anterior, un progreso condenado a no confluir nunca hacia nada que sea más definitivo que una manera de pensar más provechosa. Pero, visto desde dentro, el progreso científico no se asemeja a nada de esto. Nuestras nuevas teorías contienen y explican a las antiguas. Las teorías anteriores son recuperadas por las nuevas en algunas condiciones determinadas: movimientos lentos, campos gravitatorios débiles, grandes dimensiones o bajas energías. La teoría mecánica y gravitatoria de Newton, con trescientos años de antigüedad, ha sido reemplazada por la de Einstein, a la cual sucederá la teoría M o, más adelante, una desconocida sucesora suya. Pero durante un periodo de mil años más, los niños de las escuelas todavía estudiarán las teorías de Newton, y los ingenieros todavía se fiarán de ellas como lo hacen hoy. Serán la manera sencilla de regular los movimientos lentos y la gravitación débil de la última teoría, sea ésta la que sea. Del mismo modo, en nuestras concepciones religiosas del Universo también utilizamos aproximaciones y analogías para obtener una comprensión última de las cosas. No son toda la verdad, pero esto no impide que sean una parte de la verdad: una sombra que se proyecta sobre un caso determinado de cierta simplicidad. Nuestra imagen científica del Universo ha mostrado una y otra vez qué mezquino y qué poco atrevido ha sido a menudo nuestro punto de vista, qué cómoda nuestra imagen provisional del Universo, qué vulgares nuestras expectativas, y qué particulares nuestros intentos de afirmar o negar los vínculos entre los enfoques científicos y religiosos de la naturaleza del Universo.

 

 

Sir John Templeton ha procurado alentar este diálogo imparcial desde la firme creencia de que la religión y la ciencia pueden proporcionarse mutua luz y valoración de las maravillas de nuestro Universo, animándonos a buscar y comprender la verdad por nuevos caminos; una verdad que es indefectiblemente no esperada y muchas veces no es nada de lo que parece al principio.

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